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Parker y Nueva York


Preparo un nuevo viaje a Nueva York. Para mí pensar en Nueva York es recordar a
Dorothy Parker. Bajo a la biblioteca y busco en la estantería que guarda los libros que están esperando lectura. Siempre llena. Leo y leo y la pila nunca baja. Y digo pila porque apilo los libros que aún no he leído. Un viaje reciente cargado de visitas ha acrecentado la pila. Para mí el placer de leer se acrecienta cuando contemplo esa pila de páginas que me asegura que el horizonte está plagado de palabras.

Ya he leído a Dorothy Parker; la descubrí hace unos años en un librero de viejo. Fue leer su primer cuento y devorar todo lo que encontré firmado por ella. Entre mis últimas adquisiciones está una bellísima edición que Lumen ha hecho de sus cuentos: Colgando de un hilo. 

Echo a Dorothy Parker y a Colgando de un hilo en la maleta, aunque no es precisamente un libro de bolsillo. Esta vez no importa. Tengo solo unos días para Nueva York y llevo la maleta casi vacía.

Si leemos una obra cuya lengua original no es el español tenemos que asegurarnos de que la traducción no desmerezca. No desmerecen a Parker en absoluto los traductores Jordi Fibla, Celia Filipetto y Carmen Franci. Isabel Núñez se atreve con el poema que abre el libro: Hombres con los que no me he casado. Simone Massoni es responsable de las ilustraciones. Sin estorbar, enredan las páginas del libro con un extraordinario cable telefónico rojo que enlaza tacones de aguja, copas de martini, collares de perlas, baúles de viaje, ramos de flores con su tarjeta, teteras, polveras, barras de labios…

La mordacidad de Dorothy Parker me estimula y la hacía imprescindible en la tertulia del Algonquin, al este de la calle 44 en Manhattan. Sus mujeres neoyorquinas, siempre pendientes del hilo telefónico, continúan hablando en sus páginas. Su legado está en manos de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color. Todavía resunan sus palabras en los diálogos de Ha nacido una estrella (1937) y basta recorrer las calles al oeste de Broadway y paladear un sorbo de buen whisky, o releer sus cuentos bien despacio, para que Dorothy Parker reviva una vez más en Nueva York.