Warning: Declaration of Bootstrap_Walker_Nav_Menu::start_lvl(&$output, $depth) should be compatible with Walker_Nav_Menu::start_lvl(&$output, $depth = 0, $args = NULL) in /home/letrazet/public_html/wp-content/themes/letrazeta/functions.php on line 61
» Diario Libre Letra zeta

Malecón en China


 

 

Uno de los atractivos más celebrados de la ciudad de Santo Domingo es el lujo incomparable de su malecón. Aunque no se conoce a ciencia cierta el origen de la palabra, el Diccionario de la lengua española registra tres acepciones, todas ellas relacionadas con una construcción cercana al mar. El malecón puede referirse a un ‘murallón o terraplén construido como defensa de las aguas’; puede también usarse como sinónimo de rompeolas, un ‘dique avanzado en el mar para procurar abrigo a un puerto’. En el Caribe el malecón es además ese ‘paseo que corre paralelo a la orilla del mar o de un río’.

Aunque es una perogrullada no me resisto a recordar que malecón lleva tilde. Estamos ante una palabra aguda (esto es, cuya sílaba tónica es la última) terminada en ene; estas dos condiciones exigen la presencia de la tilde sobre la vocal nuclear de la sílaba tónica. Si no ponemos la tilde, estaremos incurriendo en un error ortográfico; también si la escribimos en mayúsculas: MALECÓN; también si la escribimos como parte de una etiqueta de las que ahora tanto usamos para las redes sociales: #malecón.

 

Nuestro flamante alcalde capitaleño ha adornado un área del malecón con una etiqueta gigante: *#maleconSD. Una etiqueta a la que solo le falta un pequeño gran detalle para que los capitaleños podamos usarla con orgullo: la tilde. Salvo muy honrosas excepciones es un mal general en los rótulos oficiales en toda la ciudad. Tarjas, estatuas, callejero, señalización vial, campañas publicitarias, nuestro Santo Domingo necesita un buen repaso ortográfico. Por favor, señor alcalde, queremos amar a nuestra ciudad, pero tiene usted que reconocer que a veces nos lo ponen ustedes en China.

 

Recetas


Hoy que conmemoramos el aniversario del nacimiento de jacinto Gimbernard comparto la columna que publiqué a comienzos de 2017 dedicada a la palabra medalaganario.

Para empezar el año quiero recordar la curiosa obra que Jacinto Gimbernard publicó en 1980, una evocación nostálgica de aquellos inicios del siglo XX en los que su padre editaba la revista Cosmopolita. Un lector puntilloso, preocupado por la errática periodicidad de la revista, preguntó con cierto retintín si la revista era un semanario, un quincenario o un anuario. A la curiosidad del lector don Bienvenido respondió con seriedad: «medalaganario»; su hijo convierte la respuesta en el título de su obra: Medalaganario. No sabemos si don Bienvenido fue el primero; de lo que sí estamos seguros es de que surge así una nueva palabra, aprovechando los mecanismos que la lengua pone en marcha para la creación de nuevas voces.

La receta es la siguiente. Tome una locución verbal que se usa con frecuencia en el lenguaje coloquial: darle algo la gana a alguien. Conjúguela en tercera persona del singular: me da la gana. Conviértala en una raíz compuesta a partir de este verbo y estos pronombres: medalagan-. Aplique la derivación añadiéndole a esta base léxica el sufijo -ario/aria; esta derivación adjetival convierte el compuesto inicial en un adjetivo: medalaganario o medalaganaria. Si queremos rizar el rizo podemos incluso convertirlo en adverbio utilizando el método (todavía no nos decidimos los lingüistas si de derivación o de composición) de sumarle -mente a su forma femenina: medalaganariamente.

Ahora solo falta que la chispa de un hablante concreto prenda en el gusto de muchos, y que esa chispa se mantenga en el tiempo. Su creación acierta a ofrecer un término nuevo que resulta útil para calificar según qué acciones o decisiones, que, todo hay que decirlo, entre nosotros son más que frecuentes. Nosotros la adoptamos y la seguimos usando. Ha nacido una palabra. Y yo la adopto para hoy, con la primera «Eñe», celebrar mi cumpleaños y comenzar 2017 medalaganariamente.

En un lugar de Luisiana


 

Foto: Juan Ramón Rincón

En un lugar de Luisiana cuyo nombre es tan literario como Barataria hace unas semanas me encontraba caminando entre lo que yo, en mi infinita ignorancia de estos menesteres, creía cocodrilos o caimanes, cuando un biólogo de la familia quiso sacarme de mi error: «No es un cocodrilo ni un caimán; es un aligátor». A mí a quien eso de meter una que otra palabrita en inglés me produce cierta urticaria, no me gustó un pelo que, para denominar correctamente una especie en español, hubiera que recurrir a lo que yo creía un anglicismo innecesario. Pero en esto de la lengua, donde menos se espera salta tremendo aligátor.

Eché mano de mi Diccionario de la Academia, que gracias a la nueva aplicación puedo consultar hasta cuando no tengo acceso a la red, como suele pasar en esos pantanos de Luisiana. Dispuesta a desmentir al atrevido biólogo, tuve, sin embargo, que darle la razón.

Descubrí una de esas palabras de ida y vuelta con las que me identifico porque las encuentro muy parecidas a mí. La lengua inglesa adaptó la denominación española el lagarto para llamar a este reptil americano de agua dulce al que bautizó como alligator, de donde surgió también la denominación francesa alligator, durante la etapa francesa de estos territorios americanos; y después de esta larga travesía lingüística, la preciosa palabra lagarto regresó a su lengua convertida en la hermosa palabra aligátor, ya especializada en referirse a esta especie en concreto.

Para los que estamos perdidamente enamorados de nuestra lengua nada puede haber más emocionante que reencontrarse con una palabra en un mítico territorio llamado Barataria. ¿No les parece?

Diccionario verde


Cuando consultamos un diccionario suele pasarnos desapercibida la belleza de algunas de sus definiciones. Confieso que, con un diccionario en las manos, puedo perder la noción del tiempo. Mis lecturas y relecturas me proporcionan placeres como los de encontrar esta definición en el Diccionario de la lengua española de la RAE para el humilde adjetivo verde: ‘Dicho de un color: Semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda’: El color verde tiñe las banderas.

Si hablamos de una zona o área verde, nos referimos a que en ella no puede edificarse porque alberga, o está destinada a albergar, un parque o jardín. Si, en cambio, decimos verde de un árbol o de una planta, nos referiremos a que ‘aún conserva alguna savia, en contraposición al seco’: Podemos salvar esa palma; todavía está verde. Cuando, en lugar de a una planta, los

usamos para referimos a un fruto, destacamos que este aún no ha madurado: plátano verde. Y aquí no me resisto a mencionar la sabiduría popular dominicana cuando sentencia que «plátano maduro no vuelve a verde».

Inluso podemos extender  figuradamente su significado y aplicarlo a una persona a la que consideramos inexperta o inmadura:  Seguimos muy verdes en ortografía. En otros países de habla española son verdes los chistes con contenido erótico, esos a los que nosotros llamamos colorados. Cuestión de colores.

Y así el diccionario va registrando las distintas acepciones de un mismo adjetivo según a quién o a qué se le aplique. Quiero pensar que, para nosotros, el movimiento verde se apoya en la relación que nuestra cultura establece entre el verde y la esperanza. Y no me malinterpreten, no con aquella esperanza que se comió un burro, sino con la esperanza del verdor que presagia buenos frutos.

 

Unas gotas de amor


Ay, la nuevas tecnologías. Fenómenos nuevos, o no tan nuevos ya, que nos ponen en la necesidad de utilizar nuevas palabras. Siempre está el recurso fácil de tomarlas prestadas de otras lenguas, pero sacudámonos la pereza

y la vacilación con unas gotas de esfuerzo y cierta dosis de amor por nuestra lengua.

La semana pasada recordábamos que las etiquetas son mejores que los hashtags. Descubramos que el español cuenta con las palabras necesarias para hablar en la red y de la red.

Trabajemos en línea (mejor que online). Vamos al inicio de sesión (mejor que al login) y escribimos la contraseña (mejor que el password). Si el programa (mejor que el software) funciona, pulsamos en el enlace (mejor que en el link) y entramos en una página electrónica, si me apuran, hasta en una página web (mejor que en un website); participamos en un seminario web (mejor que en el espantoso webinar) y lo hacemos en directo (mejor que en streaming).

Muchas veces hasta tenemos sinónimos donde elegir. Queremos copiar lo que se muestra en nuestra pantalla, pues recurrimos al pantallazo o a la captura de pantalla (mejor que al screenshot). Si tenemos miedo de los ciberataques, no olvidemos el antivirus y el cortafuegos (mejor que firewall). Nos ayudarán a evitar el correo basura (mejor que spam) entre nuestros correos electrónicos (mejor que e-mails). Antes de cerrar, no olviden, por si acaso, la copia de seguridad o el respaldo (mejor que el backup) y, si no, súbanlo a la nube, mi término tecnológico preferido.

Aparecerá el parejero que diga que «en inglés se oye mejor»; nosotros sabemos que esa afirmación solo oculta inseguridad y poco dominio lingüístico.

 

Dulce pasión


Alguna vez nos hemos preguntado por qué las cosas se llaman como se llaman. La magia de la lengua convoca las razones más dispares. Piensen en las frutas, tan a la mano y quizás no nos hemos parado a pensar en el porqué de sus denominaciones.

La piña tropical debe su nombre al parecido que los conquistadores, que tantas cosas nuevas para sus ojos tuvieron que nombrar,

observaron entre su aspecto y el de la piña europea cuando aún guarda los preciados piñones en su interior.

Solo los dominicanos llamamos chinola a la chinola. Seguro que han oído llamarla la fruta de la pasión, a veces con una sonrisa pícara en los labios. No es a esa pasión a la que se refiere el nombre. La mata de chinola produce una hermosa flor que fue considerada por el papa Pablo V la representación de la pasión de Cristo: sus filamentos recuerdan la corona de espinas, los cinco estambres representan las cinco llagas, los tres estilos, los clavos de la cruz y los pétalos, los doce apóstoles.

Pasionaria o flor de la pasión

Nada tan alegórico y poético encontramos en el origen más cotidiano y prosaico de lechosas y mamones. La pulpa blanda y suave del mamón podría ser consumida hasta por los que no tienen dientes, como los bebés que maman. La mata de lechosa produce una savia de consistencia y aspecto similares a los de la leche que da origen a su denominación. Es por eso que debemos escribirla con ese y no con zeta.

Las frutas endulzan nuestro día a día y nos regalan un puñado de curiosidades lingüísticas que recuerda la riqueza de conocimientos que una lengua va atesorando en cada una de sus palabras.