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» dominicanismo Letra zeta

Recetas


Hoy que conmemoramos el aniversario del nacimiento de jacinto Gimbernard comparto la columna que publiqué a comienzos de 2017 dedicada a la palabra medalaganario.

Para empezar el año quiero recordar la curiosa obra que Jacinto Gimbernard publicó en 1980, una evocación nostálgica de aquellos inicios del siglo XX en los que su padre editaba la revista Cosmopolita. Un lector puntilloso, preocupado por la errática periodicidad de la revista, preguntó con cierto retintín si la revista era un semanario, un quincenario o un anuario. A la curiosidad del lector don Bienvenido respondió con seriedad: «medalaganario»; su hijo convierte la respuesta en el título de su obra: Medalaganario. No sabemos si don Bienvenido fue el primero; de lo que sí estamos seguros es de que surge así una nueva palabra, aprovechando los mecanismos que la lengua pone en marcha para la creación de nuevas voces.

La receta es la siguiente. Tome una locución verbal que se usa con frecuencia en el lenguaje coloquial: darle algo la gana a alguien. Conjúguela en tercera persona del singular: me da la gana. Conviértala en una raíz compuesta a partir de este verbo y estos pronombres: medalagan-. Aplique la derivación añadiéndole a esta base léxica el sufijo -ario/aria; esta derivación adjetival convierte el compuesto inicial en un adjetivo: medalaganario o medalaganaria. Si queremos rizar el rizo podemos incluso convertirlo en adverbio utilizando el método (todavía no nos decidimos los lingüistas si de derivación o de composición) de sumarle -mente a su forma femenina: medalaganariamente.

Ahora solo falta que la chispa de un hablante concreto prenda en el gusto de muchos, y que esa chispa se mantenga en el tiempo. Su creación acierta a ofrecer un término nuevo que resulta útil para calificar según qué acciones o decisiones, que, todo hay que decirlo, entre nosotros son más que frecuentes. Nosotros la adoptamos y la seguimos usando. Ha nacido una palabra. Y yo la adopto para hoy, con la primera «Eñe», celebrar mi cumpleaños y comenzar 2017 medalaganariamente.

Un ingrediente más


sancochoUna de las lectoras de la columna se interesa por saber si se dice sancocho o salcocho. Ambas palabras existen, y son correctas, así como sus relacionadas salcochar y sancochar. Proceden de la misma raíz latina, combinada con dos prefijos distintos. La confusión entre ellas, que puede provocar dudas, es la cercanía de sus significados y el hecho de que estos varíen de un lugar a otro del amplio territorio hispanoparlante.

El sancocho es uno de los protagonistas de nuestra cultura gastronómica aunque su receta sea distinta de la que los canarios en España usan para cocinar el suyo. En el sur de España el sancocho es lo que se obtiene cuando se cuece hasta reducirlo el mosto del vino. Sancochar era originalmente ‘cocer poco y sin sazón cualquier alimento’; de aquí deriva posiblemente su uso despectivo en Cuba para significar ‘cocinar mal’. Para nosotros es ‘cocer en agua’. Cuánta razón tenía Ángel Rosemblat cuando escribía que el habla familiar “no puede ser incolora, inodora e insípida. Tiene que ser rica, emotiva, evocativa, familiar. Le cambian el sabor al sancocho si nos obligan a llamarlo salcocho

El recorrido por los recovecos de nuestros diccionarios es siempre enriquecedor. Pero los que trabajamos con ellos y en ellos siempre encontramos un detalle que mejorar. En esta ruta lexicográfica por el sancocho he encontrado que al Diccionario de la Real Academia Española le falta añadir los usos dominicanos de sancochar y de sancocho en su acepción de ‘conjunto de cosas sin orden’. Dos nuevos ingredientes  para la próxima edición.

Un trajín incansable


DSC02057Las palabras que establecen lazos entre sí por su significado forman una pequeña, o gran, familia. Así sucede con las que usamos coloquialmente para referirnos a una cantidad grande.

Del árabe rákbah proceden nuestras humildes recuas. Animales de carga con los que se trajinaba por caminos y veredas formando una hilera. De ahí que denominemos recua a una gran cantidad de cosas que andan unas detrás de otras.

Lo más engorroso de un viaje es la maleta. Curiosamente se llama viaje a ‘la carga que se lleva de un lugar a otro de una vez’. Y, aunque el DRAE, al que siempre me gusta acudir, solo lo registre para Venezuela, entre los dominicanos también se refiere a una cantidad grande de cosas similares.

Las balsas solían usarse para el transporte; el nombre pasó a denominar el cargamento y, en lenguaje coloquial, una cantidad grande. El troj, pequeño almacén de cereales, prestó su nombre a una carga de caña y ahora se ha puesto en boca de la juventud para nombrar una gran abundancia.

En un Taller de lectura me abordó una señora natural de Sabana de la Mar. Me dijo que en su tierra se usaba la palabra jarcia con este mismo significado. Hermoso viaje el de este sustantivo que empezó significando un conjunto de aparejos marineros o de redes de pesca y fue a usarse, hasta nuestros días, para referirse a un conjunto de muchas cosas.

Hoy las protagonistas han sido cuatro palabras humildes: dos apegadas al terruño y dos navegantes. La lengua no deja nunca de maravillarnos con su trajín incansable de palabras.