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» Eñe Letra zeta

Tres días en Madrid. Ñapa


Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Ñapa de la segunda jornada. Cargada de buenas ideas y con ganas de seguir trabajando en proyectos comunes para el conocimiento y la divulgación del buen uso de la lengua española, después de un cafecito en el salón de pastas, la Casa de las palabras me reservaba una alegría más: conocer el fichero lexicográfico general de la Academia. Imaginen una colección de gaveteros, poblados de infinidad de pequeñas gavetas, en las que se custodian más de diez millones de papeletas. Ojo, no se trata de diez millones de esas papeletas que se están imaginando ustedes. Los lexicógrafos denominan papeleta a cada una de las fichas en las que registran, con las citas correspondientes, los usos de las palabras.

A los que ya manejamos bases de datos informatizadas se nos hace impensable la sola idea de manejar pequeñas gavetas atestadas de fichas cada una de las cuales documenta un uso, un ejemplo, una acepción, una cita literaria. Sin embargo, solo la visión de algunos de estos inmensos gaveteros sirve para dar una idea muy concreta de lo que supone enfrentarse a la elaboración de un diccionario, por pequeño y modesto que este sea. Sirve también para valorar y para honrar el trabajo de los lexicógrafos, artesanos del lenguaje, a cuyas obras recurrimos tan a menudo, o al menos deberíamos hacerlo, y de cuyo esfuerzo tan poco nos acordamos.

Para los que gusten de bucear en estos ficheros está disponible su consulta gratuita a través de la página del Nuevo diccionario histórico del español. Los vetustos gaveteros se conservan en la RAE; los nuevos lexicógrafos podemos aprovechar su contenido y seguir honrando el trabajo y la dedicación de las personas que los construyeron.

Tres días en Madrid. Segunda jornada


Tres días en Madrid. Tres días con las palabras. Segunda jornada. Flanqueada por la iglesia de los Jerónimos y con una vista privilegiada sobre el Museo del Prado, la sede actual de la Real Academia Española, en su sobriedad clasicista, nos recibe por la entrada de los académicos. Comienza la primavera en Madrid y los históricos percheros asignados a cada académico descansan. Nada más descansa en la sede académica. El salón de plenos está dispuesto para la sesión de los jueves y las comisiones trabajan a pleno rendimiento. 

Nos reciben con cordialidad Darío Villanueva y Francisco Javier Pérez, director de la RAE y de la Asociación de Academias de Lengua Española, respectivamente, y valoran la divulgación de la actividad académica que hacemos en esta humilde Eñe. Nos invitan a recorrer las estancias de la sede académica, donde nos espera aquello de «Limpia, fija y da esplendor». Nos sorprenden las pequeñas cabezas de terracota con los rasgos de los personajes cervantinos que sirvieron de referencia para el concurso de ilustradores del Quijote para la primera edición académica de nuestra novela universal.

Nos emociona la extraordinaria biblioteca de la casa, que empezó a reunirse en 1713 con el objetivo de atesorar las obras de los autores que los primeros académicos habían considerado como autoridades para ejemplificar el uso de las palabras incluidas en el Diccionario de autoridades, primer diccionario académico. En ella se custodian joyas de nuestra cultura, como el manuscrito de las Etimologías de san Isidoro, del siglo XII, códices de Gonzalo de Berceo, primer poeta de nombre conocido de la lengua española, y del Libro de buen amor, y primeras ediciones de los clásicos españoles, miles de volúmenes que nos invitan a perdernos entre sus páginas. Yo me hubiera perdido con gusto, ya lo saben ustedes bien, pero los pasillos de la Casa de las palabras me reservaban todavía una sabrosa sorpresa, que dejo como ñapa para una próxima columna.

Malecón en China


 

 

Uno de los atractivos más celebrados de la ciudad de Santo Domingo es el lujo incomparable de su malecón. Aunque no se conoce a ciencia cierta el origen de la palabra, el Diccionario de la lengua española registra tres acepciones, todas ellas relacionadas con una construcción cercana al mar. El malecón puede referirse a un ‘murallón o terraplén construido como defensa de las aguas’; puede también usarse como sinónimo de rompeolas, un ‘dique avanzado en el mar para procurar abrigo a un puerto’. En el Caribe el malecón es además ese ‘paseo que corre paralelo a la orilla del mar o de un río’.

Aunque es una perogrullada no me resisto a recordar que malecón lleva tilde. Estamos ante una palabra aguda (esto es, cuya sílaba tónica es la última) terminada en ene; estas dos condiciones exigen la presencia de la tilde sobre la vocal nuclear de la sílaba tónica. Si no ponemos la tilde, estaremos incurriendo en un error ortográfico; también si la escribimos en mayúsculas: MALECÓN; también si la escribimos como parte de una etiqueta de las que ahora tanto usamos para las redes sociales: #malecón.

 

Nuestro flamante alcalde capitaleño ha adornado un área del malecón con una etiqueta gigante: *#maleconSD. Una etiqueta a la que solo le falta un pequeño gran detalle para que los capitaleños podamos usarla con orgullo: la tilde. Salvo muy honrosas excepciones es un mal general en los rótulos oficiales en toda la ciudad. Tarjas, estatuas, callejero, señalización vial, campañas publicitarias, nuestro Santo Domingo necesita un buen repaso ortográfico. Por favor, señor alcalde, queremos amar a nuestra ciudad, pero tiene usted que reconocer que a veces nos lo ponen ustedes en China.

 

Recetas


Hoy que conmemoramos el aniversario del nacimiento de jacinto Gimbernard comparto la columna que publiqué a comienzos de 2017 dedicada a la palabra medalaganario.

Para empezar el año quiero recordar la curiosa obra que Jacinto Gimbernard publicó en 1980, una evocación nostálgica de aquellos inicios del siglo XX en los que su padre editaba la revista Cosmopolita. Un lector puntilloso, preocupado por la errática periodicidad de la revista, preguntó con cierto retintín si la revista era un semanario, un quincenario o un anuario. A la curiosidad del lector don Bienvenido respondió con seriedad: «medalaganario»; su hijo convierte la respuesta en el título de su obra: Medalaganario. No sabemos si don Bienvenido fue el primero; de lo que sí estamos seguros es de que surge así una nueva palabra, aprovechando los mecanismos que la lengua pone en marcha para la creación de nuevas voces.

La receta es la siguiente. Tome una locución verbal que se usa con frecuencia en el lenguaje coloquial: darle algo la gana a alguien. Conjúguela en tercera persona del singular: me da la gana. Conviértala en una raíz compuesta a partir de este verbo y estos pronombres: medalagan-. Aplique la derivación añadiéndole a esta base léxica el sufijo -ario/aria; esta derivación adjetival convierte el compuesto inicial en un adjetivo: medalaganario o medalaganaria. Si queremos rizar el rizo podemos incluso convertirlo en adverbio utilizando el método (todavía no nos decidimos los lingüistas si de derivación o de composición) de sumarle -mente a su forma femenina: medalaganariamente.

Ahora solo falta que la chispa de un hablante concreto prenda en el gusto de muchos, y que esa chispa se mantenga en el tiempo. Su creación acierta a ofrecer un término nuevo que resulta útil para calificar según qué acciones o decisiones, que, todo hay que decirlo, entre nosotros son más que frecuentes. Nosotros la adoptamos y la seguimos usando. Ha nacido una palabra. Y yo la adopto para hoy, con la primera «Eñe», celebrar mi cumpleaños y comenzar 2017 medalaganariamente.

En un lugar de Luisiana


 

Foto: Juan Ramón Rincón

En un lugar de Luisiana cuyo nombre es tan literario como Barataria hace unas semanas me encontraba caminando entre lo que yo, en mi infinita ignorancia de estos menesteres, creía cocodrilos o caimanes, cuando un biólogo de la familia quiso sacarme de mi error: «No es un cocodrilo ni un caimán; es un aligátor». A mí a quien eso de meter una que otra palabrita en inglés me produce cierta urticaria, no me gustó un pelo que, para denominar correctamente una especie en español, hubiera que recurrir a lo que yo creía un anglicismo innecesario. Pero en esto de la lengua, donde menos se espera salta tremendo aligátor.

Eché mano de mi Diccionario de la Academia, que gracias a la nueva aplicación puedo consultar hasta cuando no tengo acceso a la red, como suele pasar en esos pantanos de Luisiana. Dispuesta a desmentir al atrevido biólogo, tuve, sin embargo, que darle la razón.

Descubrí una de esas palabras de ida y vuelta con las que me identifico porque las encuentro muy parecidas a mí. La lengua inglesa adaptó la denominación española el lagarto para llamar a este reptil americano de agua dulce al que bautizó como alligator, de donde surgió también la denominación francesa alligator, durante la etapa francesa de estos territorios americanos; y después de esta larga travesía lingüística, la preciosa palabra lagarto regresó a su lengua convertida en la hermosa palabra aligátor, ya especializada en referirse a esta especie en concreto.

Para los que estamos perdidamente enamorados de nuestra lengua nada puede haber más emocionante que reencontrarse con una palabra en un mítico territorio llamado Barataria. ¿No les parece?

Diccionario verde


Cuando consultamos un diccionario suele pasarnos desapercibida la belleza de algunas de sus definiciones. Confieso que, con un diccionario en las manos, puedo perder la noción del tiempo. Mis lecturas y relecturas me proporcionan placeres como los de encontrar esta definición en el Diccionario de la lengua española de la RAE para el humilde adjetivo verde: ‘Dicho de un color: Semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda’: El color verde tiñe las banderas.

Si hablamos de una zona o área verde, nos referimos a que en ella no puede edificarse porque alberga, o está destinada a albergar, un parque o jardín. Si, en cambio, decimos verde de un árbol o de una planta, nos referiremos a que ‘aún conserva alguna savia, en contraposición al seco’: Podemos salvar esa palma; todavía está verde. Cuando, en lugar de a una planta, los

usamos para referimos a un fruto, destacamos que este aún no ha madurado: plátano verde. Y aquí no me resisto a mencionar la sabiduría popular dominicana cuando sentencia que «plátano maduro no vuelve a verde».

Inluso podemos extender  figuradamente su significado y aplicarlo a una persona a la que consideramos inexperta o inmadura:  Seguimos muy verdes en ortografía. En otros países de habla española son verdes los chistes con contenido erótico, esos a los que nosotros llamamos colorados. Cuestión de colores.

Y así el diccionario va registrando las distintas acepciones de un mismo adjetivo según a quién o a qué se le aplique. Quiero pensar que, para nosotros, el movimiento verde se apoya en la relación que nuestra cultura establece entre el verde y la esperanza. Y no me malinterpreten, no con aquella esperanza que se comió un burro, sino con la esperanza del verdor que presagia buenos frutos.